Multilateralismo, paz y seguridad

Redacción

Por quinta vez en la historia de las Naciones Unidas, México ocupará un asiento rotativo en el Consejo de Seguridad. Mientras que en el siglo pasado nuestra participación fue esporádica y reticente, con la llegada del siglo XXI y de un México con una inserción más decidida en la dinámica mundial, la presencia en el Consejo de Seguridad ha sido frecuente y, de hecho, parte fundamental de la diplomacia multilateral del Estado mexicano. El peso específico de México en el plano internacional va encontrando una expresión recurrente dentro del órgano más importante con que cuenta la comunidad de naciones para preservar la paz y la seguridad.

El primer reto que debe reconocerse al participar en el CSONU es el carácter impredecible de la política internacional. Resulta imposible anticipar con precisión los desafíos y los acontecimientos que definirán la dinámica mundial durante los dos años que el país ocupará un asiento en el Consejo. Es factible evaluar los conflictos y las amenazas que se encuentran vigentes, en su vasta mayoría guerras civiles, principalmente en el continente africano. Es también factible identificar resoluciones truncas o que no han sido acatadas por las partes, señaladamente en Asia y el Medio Oriente. También puede predecirse el examen de amenazas que se han topado con desacuerdos y posturas inamovibles de los miembros permanentes, como son los casos de Siria, Yemen y Ucrania. Igualmente, tendrá que tomarse en cuenta la creciente rivalidad entre Estados Unidos y China que tenderá a paralizar las decisiones del Consejo mediante el ejercicio del veto.PUBLICIDAD

El segundo gran reto es tomar conciencia de que el Consejo de Seguridad es un foro diseñado para la toma de decisiones y, como tal, las posiciones que asuma nuestra delegación necesariamente afectarán los intereses y la visión de otros Estados. La preservación de la paz y la seguridad internacionales implica tomar partido y asumir posturas sobre asuntos en extremo delicados; votar a favor o en contra de una resolución puede tener un impacto tangible sobre la vida de millones de personas y sobre el curso mismo de la historia. El Consejo de Seguridad es la única instancia que puede legitimar el uso de la fuerza. Es decir, no es un órgano que permita apartarse del debate o donde resulte muy productiva la abstención. Hay que recordar que, ante todo, la ONU es una organización de seguridad colectiva. Frente a estos fenómenos, la delegación mexicana deberá confeccionar posicionamientos sólidos, invariablemente cimentados en los más altos intereses de la humanidad. Por ello, resultará conveniente exponer desde un primer momento las prioridades de México y su compromiso de privilegiar soluciones multilaterales, por encima de las decisiones unilaterales que seguramente aflorarán dentro de la creciente rivalidad entre las potencias mayores.

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Enrique Berruga hablando en la Asamblea General de la ONU. Berruga fue representante permanente de México ante la ONU de 2003 a 2007.
 

No puede pasar desapercibido que esta participación en el Consejo de Seguridad coincide con una revisión del balance del poder y de la geopolítica misma, como no se había visto desde la fundación de la ONU y el final de la Guerra Fría. Este reacomodo global equivale al acta de nacimiento de un nuevo mundo con tendencias marcadas hacia nuevas expresiones nacionalistas, la incidencia inédita de actores no estatales, la carrera tecnológica y, en suma, del reposicionamiento de cada país y cada región en el emergente orden internacional.

Todos los signos parecen apuntar a que en el bienio 2012-2022, el Consejo de Seguridad será una de las principales cajas de resonancia del mundo que ahora se vislumbra. México debe asumir su participación como un gran privilegio al poder observar e influir de primera mano en la gestación de esa nueva realidad geopolítica, pero también como una enorme responsabilidad, consciente de que sus decisiones y argumentos contribuirán a definir el rumbo mundial. Habrá momentos y circunstancias en los que México se encuentre en el epicentro de las demandas y tensiones propias de la instancia más alta de la diplomacia internacional. Por ello, al tiempo de cumplir debidamente con la representación nacional, México podría explorar un mecanismo diplomático en que las aspiraciones de América Latina y el Caribe se vean reflejadas y apuntaladas por la visión de toda una región. No es una tarea sencilla, dadas las manifiestas diferencias que caracterizan a nuestra América Latina. No obstante, la promoción de una herramienta de consultas con la membresía regional puede constituir una de las principales contribuciones de México.

Por último, es predecible que algunas potencias propugnen por reformar la estructura del Consejo de Seguridad, planteando la creación de nuevos asientos permanentes. Ante una nueva realidad del poder, argumentarán, es necesario construir una arquitectura distinta para este órgano. En este terreno, México se encontrará ante disyuntivas muy complejas entre aquellos países que busquen maximizar su posicionamiento internacional y el resto de la membresía que pugnará por contar un instrumento eficaz sí, pero a la vez ampliamente representativo para adoptar las decisiones más delicadas y trascendentes de las Naciones Unidas.

En suma, dada la volatilidad de la política internacional, esta participación de México como miembro electo del Consejo de Seguridad tiene el potencial de dejar una huella profunda sobre el papel que México puede y debe jugar en el espacio multilateral. Los retos que se avecinan son de tamaño equivalente a las oportunidades que tendrá nuestro país para escribir una de las páginas más trascendentes de su historia diplomática.

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