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Entre la guerra sucia y la publicidad pagada: el doble juego digital de Ana Lilia Rivera Rivera

Fabiola Márquez

La narrativa de víctima no siempre es inocente. Mientras la senadora Ana Lilia Rivera Rivera denuncia una presunta campaña de guerra sucia en su contra basada en Inteligencia Artificial y suplantación de identidad, en paralelo crece y de forma cada vez más evidente un ecosistema digital que impulsa su imagen con recursos, estrategia y clara intención política rumbo al 2027.

No se trata de simples coincidencias.

Por un lado, la senadora advierte ataques digitales; por el otro, su nombre circula de manera insistente en redes sociales a través de páginas de apoyo, publicaciones patrocinadas y encuestas que, convenientemente, la colocan en posiciones favorables.

La pregunta ya no es si existe una estrategia, sino quién la opera y con qué recursos.

En Facebook, principalmente, han proliferado páginas que no solo replican su agenda, sino que construyen una narrativa positiva permanente: cercanía con la gente, liderazgo político y presencia territorial.

Muchas de estas publicaciones están pautadas, es decir, hay dinero detrás para amplificar su alcance. Nada de esto es orgánico.

Especialistas en comunicación política advierten que este tipo de estructuras digitales requieren inversión, segmentación de audiencias y planeación estratégica. No son esfuerzos ciudadanos aislados, sino engranajes de una maquinaria diseñada para posicionar anticipadamente a una figura pública.

En otras palabras: campaña adelantada, aunque se niegue en el discurso.A esto se suma la circulación de encuestas digitales donde la senadora aparece con altos niveles de aceptación.

Sin metodología clara, sin casas encuestadoras visibles y sin sustento técnico verificable, estos ejercicios funcionan más como herramientas de propaganda que como mediciones reales.

No buscan reflejar la opinión pública, sino moldearla.Todo esto ocurre con un horizonte claro: el 2027.

Aunque oficialmente no hay candidaturas, en los hechos la competencia ya comenzó. La presencia digital constante, la pauta publicitaria y la construcción de narrativa no dejan lugar a dudas: hay un posicionamiento en marcha.Pero lo más revelador es la contradicción política que se construye. Denunciar una guerra sucia no solo victimiza, también posiciona. Coloca el nombre en la conversación pública, genera visibilidad mediática y despierta simpatía en ciertos sectores. Mientras tanto, la estructura digital refuerza su imagen de manera sistemática.Así se configura un doble juego: por un lado, la figura pública que acusa ataques y se presenta como blanco de una estrategia negativa; por el otro, la aspirante que sin admitirlo fortalece su presencia con publicidad pagada, encuestas favorables y páginas de apoyo.En la política actual, ambas narrativas no solo pueden coexistir, sino que se potencian. La victimización alimenta el posicionamiento, y el posicionamiento refuerza la relevancia mediática.La guerra política ya no se libra únicamente en territorio, sino en el terreno digital: bots, páginas de apoyo, contenido patrocinado, videos manipulados, encuestas y campañas segmentadas. Y en ese escenario, el nombre de Ana Lilia Rivera Rivera aparece de forma constante, ya sea como víctima de ataques o como protagonista de una estrategia de promoción.Porque aunque se insista en que “aún no son tiempos”, la realidad es otra: las campañas ya empezaron. No en las urnas, sino en las redes. Y en esa contienda silenciosa, pero efectiva, hay quienes ya están jugando y fuerte rumbo al 2027.

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