Ana Lilia Rivera Rivera
Si algo dejó la Convención Tlaxcala no fue una consigna ni una postal para el recuerdo, sino una inquietud necesaria: el mayor riesgo no viene de fuera, sino de dentro. Aparece cuando creemos que ya hicimos lo suficiente, cuando pensamos que basta con repetir lo que en algún momento funcionó. Esa sensación cómoda, casi imperceptible, es la que termina debilitando cualquier proyecto.
Por eso, lo que ocurrió en Tlaxcala no puede leerse como un evento más. Fue, en el fondo, un llamado a mirarnos con honestidad. A entender que la unidad no se construye a partir de aplausos fáciles ni de acuerdos superficiales. La unidad de verdad incomoda porque obliga a escuchar lo que no siempre gusta, a reconocer errores, a abrir espacios a quienes han estado demasiado tiempo al margen. Y eso, aunque cueste, es lo que la hace fuerte.
También implica asumir que confiar no es lo mismo que dejar de exigir. Un movimiento que no se cuestiona a sí mismo corre el riesgo de vaciarse. No basta con compartir un mismo horizonte; hace falta darle contenido, rumbo y sentido a lo que hacemos todos los días. La crítica, cuando es honesta, no debilita, más bien sostiene, corrige y permite avanzar con mayor claridad.
Nada asegura que las cosas saldrán bien por inercia. Lo que sí está en nuestras manos es la capacidad de hacerlo mejor: de convertir las demandas en resultados concretos, de acortar la distancia entre lo que se dice y lo que se cumple, de entender que gobernar también implica rectificar sin miedo.
Ese desafío exige algo más que buenas intenciones. Nos obliga a elevar la conversación pública, a dejar atrás los diagnósticos repetidos y apostar por soluciones que puedan medirse, sostenerse y mejorar con el tiempo. Los problemas cambian, evolucionan y se vuelven más complejos. Entenderlo a tiempo puede ser la diferencia entre avanzar o quedarse atrás.
La Convención Tlaxcala abrió una puerta en ese sentido. Pero abrirla no basta, hay que cruzarla. Es decir, que la academia no solo observe, sino que incida; que el sector productivo no solo exponga, sino que se comprometa; y que las comunidades no solo sean escuchadas, sino tomadas en cuenta en las decisiones.
Sobre todo, significa dejar de ver la inclusión como discurso. Las mujeres, las juventudes, el campo, las y los trabajadores no necesitan espacios decorativos, sino participación efectiva. Si queremos que lo que estamos construyendo se sostenga, tendrá que hacerse con más voces, con más miradas y con una base social cada vez más consciente y activa.
La inseguridad, por ejemplo, sigue siendo una preocupación real para muchas familias. No se trata de cifras, sino de experiencias cotidianas. En ese sentido, la paz debemos construirla poco a poco, en la vida diaria, con coordinación, con tiempo y con una visión que entienda la complejidad del problema.
La seguridad también tiene que ver con oportunidades, con educación, con comunidad. No puede separarse del desarrollo social ni de la reconstrucción del tejido que sostiene a las personas en su día a día. Entonces, mirarla de forma integral es una necesidad.
Lo que viene no será sencillo. Va a exigir generosidad, altura de miras y, sobre todo, humildad para entender que nadie tiene todas las respuestas y que muchas de ellas solo pueden construirse colectivamente.
Si algo dejó claro Tlaxcala es que no estamos solos. Hay una sociedad atenta, participativa, dispuesta a involucrarse. Y a esa realidad no se le responde con discursos cerrados, sino con apertura, con trabajo constante y con la disposición de construir incluso cuando hay diferencias.
Al final, lo que está en juego no es solo que un proyecto continúe, sino que sea capaz de transformarse, de corregirse y de estar a la altura de su tiempo. Y eso no se logra con certezas fáciles, sino con compromiso real.
Senadora de la República por el Estado de Tlaxcala *
Opinión | Convención Tlaxcala, los retos que vienen
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