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El PRI señala fracasos de Morena mientras evade su pasado de violencia y saqueo


Fabiola Márquez// En medio del cierre político de 2025, el Partido Revolucionario Institucional (PRI) ha intensificado su discurso crítico contra el gobierno federal de Morena, al que acusa de crisis económica, inseguridad, corrupción y represión. Sin embargo, el mensaje del tricolor no ha estado exento de cuestionamientos, pues para amplios sectores de la opinión pública resulta contradictorio que un partido con un largo historial de autoritarismo, saqueo y violencia pretenda erigirse como árbitro moral del rumbo del país.

Bajo la estrategia denominada “Las 5 de Morena”, el PRI busca reposicionarse como una oposición firme y estructurada rumbo a los procesos electorales venideros. No obstante, analistas y ciudadanos advierten que el discurso priista parece omitir deliberadamente su responsabilidad histórica en muchos de los problemas que hoy denuncia.

Durante más de siete décadas, el PRI gobernó México y sentó las bases de un sistema político caracterizado por la concentración del poder, la corrupción institucionalizada, la represión de movimientos sociales y la impunidad. Episodios como Tlatelolco en 1968, el “Halconazo” de 1971, la guerra sucia, el Fobaproa, los escándalos de desvío de recursos públicos y la colusión con grupos criminales en distintos sexenios siguen presentes en la memoria colectiva.

En materia de seguridad, el tricolor acusa al actual gobierno de haber perdido el control del país; sin embargo, fue durante administraciones priistas cuando se consolidaron estructuras criminales, se normalizó la infiltración del narcotráfico en corporaciones policiacas y se multiplicaron las fosas clandestinas sin investigaciones de fondo. La violencia que hoy lastima a millones de mexicanos no surgió en un vacío, sino como consecuencia de décadas de abandono institucional y corrupción estructural.

En el terreno económico, el PRI señala el estancamiento del crecimiento y los efectos inflacionarios, pero evita mencionar que durante sus gobiernos se impulsaron políticas que profundizaron la desigualdad, precarizaron el empleo y privatizaron sectores estratégicos sin beneficios claros para la mayoría de la población. La pobreza, la informalidad y la migración forzada fueron fenómenos persistentes bajo el viejo régimen priista.

El tema de la corrupción tampoco está exento de ironía. Mientras el PRI denuncia redes ilícitas y malos manejos en la actual administración, sigue sin rendir cuentas claras sobre los desfalcos multimillonarios cometidos por exgobernadores emanados de sus filas, muchos de ellos hoy prófugos, encarcelados o señalados por organismos nacionales e internacionales. Para críticos del tricolor, la falta de una autocrítica profunda resta credibilidad a cualquier señalamiento.

Asimismo, el PRI acusa represión contra jóvenes y manifestantes, cuando históricamente fue identificado como un partido que utilizó al Estado para silenciar disidencias, controlar sindicatos, manipular elecciones y criminalizar la protesta social. La narrativa de defensa de libertades y derechos humanos, aseguran especialistas, resulta difícil de sostener sin un deslinde claro de ese pasado.

A pesar de ello, el PRI insiste en presentarse como una alternativa responsable frente al desgaste del gobierno de Morena. No obstante, su reto no solo radica en señalar errores ajenos, sino en convencer a una ciudadanía cada vez más crítica de que ha cambiado, de que aprendió de sus excesos y de que está dispuesto a asumir su propia historia.

En el actual escenario político, el debate público exige más que acusaciones cruzadas. Para muchos ciudadanos, la confrontación entre Morena y PRI revela una lucha de narrativas donde ambos bandos buscan capitalizar el descontento social. En el caso del tricolor, la pregunta persiste: ¿puede un partido marcado por décadas de poder y abusos reconstruir su credibilidad sin enfrentar de manera honesta su pasado?

Mientras el PRI eleva el tono contra el gobierno en turno, la sociedad observa con escepticismo. La crítica, coinciden voces ciudadanas, es válida y necesaria en una democracia, pero pierde fuerza cuando proviene de quienes aún no han saldado sus propias cuentas con la historia.

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