Fabiola Márquez
Lo que comenzó como un proyecto editorial impulsado desde Tlaxcala terminó convirtiéndose en un fenómeno cultural que hoy busca replicarse fuera de México. “Tlaxcala Lee a las Mujeres” no solo consiguió reconocimiento federal como una de las prácticas comunitarias más importantes del país; también logró algo mucho más complejo en tiempos de apatía digital y desigualdad estructural: devolverle la voz pública a las mujeres desde las plazas, las escuelas y los espacios comunitarios.
Durante la presentación del balance del programa en Diálogos circulares , la directora del Museo “Miguel N. Lira”, Gabriela Conde Moreno, sostuvo que este reconocimiento representa mucho más que un logro institucional. En realidad, dijeron las impulsoras del proyecto, se trata de validar años de trabajo colectivo realizado por mujeres que históricamente han tenido que pelear incluso por el derecho a ser escuchadas.
En un país donde la cultura suele concentrarse en círculos académicos cerrados o en proyectos que pocas veces aterrizan en territorio, “Tlaxcala Lee a las Mujeres” optó por hacer exactamente lo contrario: sacar la literatura de los auditorios elitistas y llevarla a la calle.
La apuesta fue clara desde su nacimiento en 2023, bajo el impulso de la Secretaría de Cultura de Tlaxcala y de Lucio Miguel Enríquez: convertir la lectura en una práctica comunitaria y colectiva, no en un privilegio reservado para unos cuantos.
El modelo ya llamó la atención fuera del país. Colombia será la primera nación en replicar la metodología, mientras que también la Ciudad de México solicitó el manual completo del proyecto para implementar el esquema en otros territorios. La iniciativa incluso ingresó al Banco Nacional de Buenas Prácticas de México y Colombia, consolidándose como una referencia de política cultural comunitaria construida desde lo local y no desde los escritorios gubernamentales.
Pero quizá uno de los elementos más disruptivos del programa es su postura frente a la circulación del conocimiento. A diferencia de muchos proyectos institucionales que terminan encapsulados en publicaciones inaccesibles, aquí las propias autoras cedieron derechos para permitir que los textos puedan fotocopiarse, reproducirse e intervenirse comunitariamente sin restricciones comerciales.
La metodología combina talleres de escritura, procesos de mediación lectora, curaduría editorial, lecturas públicas y distribución gratuita de antologías. Sin embargo, las lecturas colectivas terminaron convirtiéndose en el símbolo más poderoso del movimiento: cientos de mujeres leyendo poesía al mismo tiempo en plazas públicas, ocupando el espacio con palabras en una época dominada por la inmediatez digital, la fragmentación social y el ruido constante de las redes.
Entre 2023 y 2026, el programa alcanzó a más de 12 mil personas en más de 30 sedes, incluyendo escuelas, centros comunitarios y hasta el Cereso Femenil de Apizaco, demostrando que la cultura puede ser también una forma de reconstrucción social y memoria colectiva.
Hasta ahora, han sido publicadas 78 autoras, de las cuales 45 son tlaxcaltecas, construyendo un mapa literario femenino que durante años permaneció disperso, ignorado o invisibilizado.
La edición 2026 reúne a 18 escritoras, entre ellas Alejandra Garibay, Marisela Guerrero y Megan Alexa, además de voces provenientes de Cuba, Venezuela, España, Italia y Estados Unidos.
El proyecto también consiguió integrar autoras de municipios como Apizaco, Huamantla, San Pablo del Monte y Contla de Juan Cuamatzi, dejando claro que la literatura comunitaria no depende de los grandes centros culturales para existir.
En el fondo, “Tlaxcala Lee a las Mujeres” terminó evidenciando algo incómodo para muchas instituciones culturales: que las transformaciones más profundas no siempre nacen de grandes presupuestos o campañas espectaculares, sino de comunidades organizadas que encuentran en la palabra una forma de resistencia.
Y mientras otros programas culturales desaparecen apenas cambia la administración en turno, este proyecto ya comenzó a cruzar fronteras. Porque cuando las mujeres ocupan el espacio público con su propia voz, el impacto deja de ser cultural y se vuelve político, social y profundamente colectivo.












