Fabiola Márquez
En el escenario político nacional y particularmente al interior del Partido Revolucionario Institucional (PRI), el concepto de lealtad partidista vuelve a colocarse en el centro del debate.
El caso de José Antonio Álvarez Lima es claro para muchos priistas: su distanciamiento y posterior abandono del partido que lo formó políticamente lo colocan, sin matices, en la categoría de “traidor”, al haber optado por otros proyectos y alianzas ajenas al tricolor.
Sin embargo, el cuestionamiento que hoy genera mayor incomodidad dentro de las filas priistas gira en torno a Beatriz Paredes Rangel, una de las figuras históricas y más influyentes del partido.
A diferencia de Álvarez Lima, Paredes no ha presentado una renuncia formal al PRI y, en el papel, continúa siendo militante. No obstante, sus apariciones públicas, su cercanía y diálogo constante con gobernantes y actores políticos de otras fuerzas han encendido las alertas y las suspicacias.
Para sectores del priismo, esta actitud representa una ambigüedad peligrosa: no se ha ido, pero tampoco se le percibe defendiendo con firmeza al partido en uno de sus momentos más críticos. Sus gestos de cordialidad y entendimiento con gobiernos emanados de otras banderas políticas son interpretados por algunos como una estrategia de supervivencia política y por otros como un acto de deslealtad silenciosa.
El debate no es menor. Beatriz Paredes ha sido dirigente nacional del PRI, gobernadora, legisladora y una de las voces más reconocidas del priismo a nivel nacional. Su trayectoria le otorga un peso simbólico que hace que cada movimiento sea leído con lupa. Para la militancia más dura, el “coqueteo” con otros proyectos políticos debilita aún más la ya erosionada identidad del partido; para otros, se trata de una postura pragmática en un contexto donde el PRI ha perdido fuerza electoral y capacidad de influencia.
La discusión, en el fondo, refleja la crisis interna que atraviesa el tricolor: ¿hasta dónde llega la lealtad partidista y en qué momento se convierte en traición?, ¿es suficiente no renunciar formalmente para seguir siendo priista o la congruencia política también se mide en los hechos y alianzas públicas?
Mientras José Antonio Álvarez Lima representa una ruptura abierta y definitiva, el caso de Beatriz Paredes Rangel se mueve en una zona gris que divide opiniones. Lo cierto es que, en un PRI golpeado por derrotas y fracturas internas, estas ambigüedades alimentan la percepción de un partido sin rumbo claro y con liderazgos históricos que parecen tomar distancia, aunque sin dar el paso final.
El tiempo y las decisiones futuras de sus protagonistas definirán si la historia los juzga como traidores, estrategas o simples reflejos de una etapa de transición en la política mexicana.












