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La Malinche: el gigante natural que sobrevive entre vigilancia, incendios y presión humana

Árboles altos en un bosque con cielo despejado y luz solar filtrándose entre las ramas.

Por Fabiola Márquez

En el corazón de Tlaxcala y parte de Puebla se levanta una de las montañas más emblemáticas y representativas del centro del país: el Parque Nacional La Malinche, conocido ancestralmente como Matlalcuéyatl. Su enorme silueta domina el paisaje de la región y durante generaciones ha sido símbolo de identidad, historia y vida para miles de habitantes que crecieron observando la montaña desde distintos municipios tlaxcaltecas.

Más allá de ser un volcán inactivo o un destino para montañistas, La Malinche representa uno de los ecosistemas más importantes de México. Sus bosques funcionan como un pulmón natural que produce oxígeno, regula temperaturas y permite la captación de agua para comunidades enteras de Tlaxcala y Puebla. Sin embargo, detrás de la majestuosidad de sus paisajes existe una lucha silenciosa que diariamente enfrentan brigadistas, guardaparques y comunidades para evitar que el deterioro ambiental avance sobre la montaña.

La historia de protección de La Malinche comenzó oficialmente el 6 de octubre de 1938, cuando durante el gobierno del expresidente Lázaro Cárdenas se decretó como Parque Nacional. La decisión surgió debido a la creciente devastación forestal que ya comenzaba a registrarse por actividades como la tala, el sobrepastoreo y la expansión agrícola sobre terrenos boscosos.



Desde entonces, el parque quedó bajo resguardo federal como una de las áreas naturales protegidas más importantes del país. Actualmente cuenta con más de 46 mil hectáreas distribuidas entre Tlaxcala y Puebla, abarcando territorio de al menos 16 municipios, muchos de ellos con comunidades que históricamente han mantenido relación directa con la montaña.

La Malinche alcanza una altitud de 4 mil 462 metros sobre el nivel del mar, convirtiéndose en la quinta montaña más alta de México. Durante el invierno, sus zonas más elevadas llegan a cubrirse de hielo y bajas temperaturas extremas, mientras que en temporadas cálidas recibe a miles de visitantes que buscan subir hasta la cima o recorrer sus senderos boscosos.

El valor ecológico de la montaña va mucho más allá de lo paisajístico. Especialistas ambientales consideran que La Malinche es una enorme fábrica natural de agua debido a la capacidad de sus bosques para captar humedad y filtrarla hacia los mantos acuíferos subterráneos que abastecen a gran parte de la región.

Los extensos bosques de pino, oyamel y encino permiten que el agua de lluvia se infiltre lentamente en el suelo, alimentando manantiales y pozos utilizados por comunidades de Tlaxcala y Puebla. Por ello, cualquier afectación al ecosistema impacta directamente en el abastecimiento hídrico de miles de personas.

Autoridades ambientales han advertido en diversas ocasiones que la pérdida de cobertura forestal reduce la capacidad del suelo para captar agua, generando consecuencias a mediano y largo plazo. La degradación ambiental no solamente implica menos árboles, sino también menos recarga de acuíferos y mayor vulnerabilidad frente a sequías.

La institución encargada de coordinar la protección del parque es la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas, mejor conocida como Conanp, organismo dependiente de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales del gobierno federal.

A través de programas de conservación y vigilancia, la Conanp mantiene brigadas forestales, guardaparques y acciones de monitoreo ambiental que buscan preservar el ecosistema. Sus tareas abarcan desde el combate de incendios hasta recorridos de vigilancia para detectar tala clandestina o actividades ilegales dentro del parque.

Sin embargo, proteger un territorio tan extenso representa una labor sumamente compleja. Los guardaparques realizan recorridos durante horas entre caminos de difícil acceso, barrancas y zonas boscosas donde en muchas ocasiones ni siquiera existe señal telefónica.



Las jornadas de vigilancia suelen iniciar desde muy temprano. Brigadistas recorren senderos a pie, revisan áreas vulnerables a incendios y orientan a turistas que ingresan a la montaña sin conocer completamente los riesgos del terreno o las reglas ambientales del parque.

En temporada de calor, la prioridad cambia drásticamente. Durante la época de estiaje, brigadas comunitarias y personal ambiental permanecen en alerta permanente debido al riesgo de incendios forestales, uno de los problemas más graves que enfrenta La Malinche cada año.

Muchos de estos incendios son provocados por descuidos humanos. Fogatas mal apagadas, colillas de cigarro, quema de basura o quemas agrícolas fuera de control han generado siniestros que arrasan cientos de hectáreas de bosque.

Cuando el fuego avanza sobre la montaña, brigadistas trabajan durante horas o incluso días completos intentando sofocar las llamas en condiciones extremadamente peligrosas. En ocasiones deben cargar herramientas, agua y equipo especializado mientras ascienden pendientes pronunciadas cubiertas de humo y altas temperaturas.

Las labores no son sencillas. Además del fuego, quienes combaten incendios enfrentan agotamiento físico, cambios bruscos de clima y falta de visibilidad. Muchos brigadistas son habitantes de comunidades cercanas que conocen perfectamente la montaña y participan como voluntarios o integrantes de brigadas rurales.

A pesar de la importancia ecológica de La Malinche, ambientalistas han señalado que las áreas naturales protegidas del país enfrentan limitaciones presupuestales que afectan la vigilancia y operatividad diaria. Recortes en combustible, vehículos y equipamiento han complicado algunas labores de monitoreo.

Otro de los problemas que preocupa a comunidades y defensores ambientales es la tala clandestina. Aunque la vigilancia existe, la enorme extensión territorial del parque dificulta controlar completamente la extracción ilegal de madera.

Habitantes de distintas comunidades han denunciado en diversas ocasiones la presencia de talamontes que aprovechan caminos alejados o zonas boscosas poco transitadas para derribar árboles de manera ilegal.

La pérdida forestal representa una amenaza directa para el ecosistema. Cuando desaparecen árboles también se deteriora el suelo, disminuye la capacidad de captación de agua y aumenta el riesgo de erosión y deslaves.

La expansión agrícola también ha generado presión sobre la montaña. Con el paso de los años, algunas áreas forestales fueron transformadas en terrenos de cultivo o pastoreo, modificando el equilibrio natural del ecosistema.

En ciertas zonas cercanas al parque, la frontera agrícola continúa avanzando lentamente. Aunque existen regulaciones ambientales, especialistas consideran que aún se requieren mayores esfuerzos para evitar el cambio de uso de suelo.

El turismo representa otro reto importante para la conservación. Cada año miles de personas visitan La Malinche para practicar senderismo, ciclismo de montaña, campismo y alpinismo, especialmente durante fines de semana y temporadas vacacionales.

Si bien estas actividades generan derrama económica para comunidades cercanas, también provocan impactos ambientales cuando no existe control adecuado sobre los visitantes.

Brigadistas y autoridades han detectado basura abandonada, fogatas clandestinas, daños a la vegetación y erosión en senderos debido al tránsito constante de personas y vehículos.

En temporadas de alta afluencia, algunas zonas del parque llegan a registrar saturación de visitantes. Ambientalistas consideran necesario fortalecer programas de educación ambiental y regulación turística para disminuir el impacto humano.

Pese a todos estos riesgos, La Malinche continúa siendo un refugio natural de enorme riqueza biológica. Diversos registros oficiales documentan la presencia de más de 920 especies de flora y fauna dentro del parque nacional.

Entre los animales que habitan en sus bosques destacan el lince rojo, el coatí, el armadillo, el conejo serrano, el ratón de los volcanes y distintas especies de murciélagos y ardillas.

También existen aves emblemáticas como la codorniz Moctezuma, además de colibríes y aves endémicas del Eje Neovolcánico que encuentran refugio entre los bosques templados de la montaña.



La riqueza biológica no termina ahí. La Malinche posee además una enorme diversidad de hongos, plantas medicinales y especies vegetales únicas que forman parte del equilibrio ecológico de la región.

Según registros de biodiversidad, al menos 40 especies presentes dentro del parque se encuentran bajo alguna categoría de protección ambiental debido al riesgo que enfrentan sus poblaciones.

Para pueblos originarios, la montaña representa mucho más que un ecosistema. Históricamente, Matlalcuéyatl ha sido considerada un sitio sagrado relacionado con el agua, la fertilidad y la vida.

Su nombre en náhuatl puede traducirse como “la de las faldas azules”, en referencia a la deidad femenina vinculada con la lluvia y la montaña dentro de antiguas creencias mesoamericanas.

Hasta la actualidad, muchas comunidades conservan un profundo respeto espiritual hacia La Malinche. Algunas ceremonias tradicionales continúan realizándose en distintos puntos cercanos a la montaña, especialmente relacionadas con peticiones de lluvia y buenas cosechas.

Mientras tanto, miles de personas continúan ascendiendo cada año para admirar sus paisajes, recorrer sus senderos o alcanzar la cima desde donde es posible observar gran parte del altiplano mexicano.

Sin embargo, detrás de cada fotografía turística y cada recorrido de montaña existe un ecosistema vulnerable que enfrenta incendios, tala, contaminación y presión urbana constante.

La Malinche permanece de pie como uno de los mayores tesoros naturales de Tlaxcala y Puebla. Pero su futuro dependerá no solamente de las autoridades ambientales y brigadistas que la vigilan diariamente, sino también de la responsabilidad colectiva para proteger una montaña que durante siglos ha dado agua, vida y equilibrio ambiental a toda una región.

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