Porque detrás de cada pañuelo morado hay una historia de lucha y una vida que exige justicia.
Fabiola Márquez
Cada 8 de marzo las calles de México se llenan de morado y verde. No es una fiesta ni una fecha para flores o felicitaciones: es una jornada de memoria, denuncia y exigencia. En Tlaxcala, el Día Internacional de la Mujer se vive con la misma intensidad que en el resto del país, porque detrás de cada consigna hay historias de violencia, desaparición, miedo y también de resiliencia.
Para muchas mujeres, el 8M no es una fecha simbólica; es la oportunidad de alzar la voz ante un sistema que, consideran, aún está en deuda con ellas. Las marchas, las pancartas y las consignas son el eco de una realidad que, lejos de detenerse, sigue marcando la vida cotidiana de miles de mujeres.
“Ser activista también es vivir con riesgo”
La resiliencia femenina tiene múltiples rostros. Uno de ellos es el de Jenny Charres Carlos, activista y comunicadora, quien decidió alzar la voz tras vivir de cerca las desigualdades que enfrentan las mujeres.
“La resiliencia de las mujeres y la exigencia de justicia que se materializa cuando salimos a las calles hacen del 8M un día que sigue doliendo en México. En mi caso, me llevó a convertirme en activista la misma situación: crecí sintiendo que nací sin derechos humanos, y por eso decidí alzar la voz”, relata.
Sin embargo, levantar la voz no ha sido fácil.
Charres Carlos señala que el activismo feminista sigue siendo un espacio marcado por la inseguridad y los ataques. “Ser activista continúa siendo un tema de inseguridad; he recibido ataques y agresiones verbales por mi labor”, afirma.
Su testimonio refleja una realidad compartida por muchas mujeres que participan en la defensa de derechos humanos: denunciar la violencia también implica enfrentar nuevas formas de agresión.
Marchar desde distintas realidades de violencia
Las colectivas feministas en Tlaxcala han dejado claro que la movilización del 8M no responde a intereses políticos ni a tendencias sociales. Para ellas, la marcha es una respuesta al hartazgo. “Vamos a marchar mujeres que vivimos distintas realidades de violencia: física, vicaria y psicológica”, expresaron activistas que participan en la organización de la movilización.
El 8M, explican, ha sido señalado por algunos sectores como un acto de rebeldía o confrontación. No obstante, las mujeres que salen a las calles aseguran que la movilización surge de la indignación acumulada durante años.
“Más que un acto de rebeldía, es un acto de hartazgo y dignidad. Es alzar la voz por todas las mujeres que han sido silenciadas. Al gobierno solo le pedimos empatía, para que nosotras, como mujeres, podamos vivir libres y sin miedo”. En Tlaxcala, la marcha en la capital del estado fue confirmada por diversas colectivas, quienes descartaron cualquier cancelación pese a rumores que circularon en días recientes. “La marcha no se suspende, porque nuestra realidad no se suspende”, señalaron.
El miedo que acompaña la vida cotidiana
La violencia contra las mujeres no siempre se manifiesta en casos extremos; muchas veces se vive en la cotidianidad, en el miedo constante de salir a la calle. Una mujer que pidió mantener su identidad reservada compartió su experiencia tras haber sido víctima de un asalto. “No me siento segura en Tlaxcala. Fui víctima de un asalto y desde entonces vivo con el temor constante de salir a las calles. Esa sensación no debería formar parte de la vida cotidiana de ninguna mujer”.
Su testimonio refleja una preocupación creciente entre las mujeres del estado, quienes consideran que la inseguridad limita su libertad y su tranquilidad. Por ello, hacen un llamado directo a las autoridades.
“Pedimos de manera especial a la Fiscalía y al Gobierno de Tlaxcala que realmente atiendan y acompañen a las mujeres que enfrentan día a día esta realidad, con acciones efectivas que garanticen seguridad y justicia”.
Una lucha que no es contra los hombres
Las voces feministas insisten en que la movilización del 8M no se trata de una confrontación entre géneros, sino de una exigencia por igualdad y respeto.
La activista Berenice Sánchez lo resume con claridad.
“El 8M significa una oportunidad para levantar la voz ante las injusticias que viven niñas, jovencitas y madres que buscan a sus hijos. Las mujeres no tenemos que vivir sometidas ni con miedo”. Añade que la lucha feminista no pretende enfrentar a hombres y mujeres. “No se trata de una lucha contra los hombres; es una lucha para exigir que seamos valoradas, respetadas y que podamos vivir con dignidad y en igualdad”.
Nombres que no se olvidan
Cada marcha del 8M también es un ejercicio de memoria. Los nombres de mujeres víctimas de feminicidio o desaparición se convierten en consignas para evitar que sus historias se pierdan.
En Tlaxcala, colectivas feministas recuerdan a mujeres que fueron víctimas de violencia extrema y cuyos casos aún dejan preguntas abiertas.
Entre ellas se mencionan nombres como Karla, Estefany Hernández, Estrella, Erika Morales, Daniela, Cictlali y Cecilia, recordadas por familiares y colectivas que continúan exigiendo justicia.
También están los casos que siguen marcando la agenda pública en el estado:
Blanca Estela Carrera Rojas, desaparecida tras salir del bar Bora Bora. Años después, únicamente fue localizada una osamenta, mientras el proceso judicial permanece detenido debido a amparos pendientes.
Jazmín Vásquez Osorio, estudiante de la Universidad Politécnica de Tlaxcala. Aunque existe una condena por su desaparición, el caso continúa en proceso debido a recursos legales promovidos por la defensa.
Esmeralda Rivas Rocha, víctima de violencia familiar que denunció las agresiones tres días antes de morir. Su agresor fue condenado, pero la familia continúa a la espera de la resolución de una apelación.
Tanya Acuña Mercado, víctima de desaparición. Aunque su esposo fue sentenciado, su paradero aún se desconoce.
Para las colectivas, estos nombres representan una deuda pendiente del sistema de justicia.
Entre discursos oficiales y críticas feministas
En el estado, el gobierno encabezado por Lorena Cuéllar Cisneros ha reiterado en diversas ocasiones su compromiso con las mujeres y con la erradicación de la violencia de género. Sin embargo, desde los colectivos feministas existe una percepción distinta.
Activistas recuerdan que durante los primeros años de la actual administración las manifestaciones feministas fueron reprimidas con gas lacrimógeno y tanquetas de agua, lo que generó críticas hacia el actuar de las autoridades. Para muchas mujeres, el hecho de que Tlaxcala tenga una gobernadora no necesariamente ha significado mejores condiciones.
En este 2026, las colectivas aseguran que su principal demanda es simple: ser escuchadas. Hasta ahora, señalan, las movilizaciones han sido pacíficas, enfocadas en exigir justicia, respeto y garantías para la libre expresión.
Redes de apoyo entre mujeres
Frente a la violencia y la falta de respuestas institucionales, diversas organizaciones civiles han construido redes de apoyo para mujeres en situación de vulnerabilidad.
Colectivos feministas, madres buscadoras, abogadas, emprendedoras y defensoras de derechos humanos trabajan en acompañar a víctimas de violencia, asesorar legalmente y ofrecer espacios seguros. Su objetivo es que las mujeres puedan salir de contextos de violencia y recuperar su libertad junto a sus hijos y familias.
Una lucha que sigue
El 8M no es únicamente una marcha ni un día en el calendario. Para miles de mujeres representa una forma de resistencia frente a la violencia, la impunidad y el silencio. En Tlaxcala, como en muchas partes del país, la exigencia es clara: vivir sin miedo.
Porque detrás de cada pañuelo morado hay una historia de lucha, y detrás de cada nombre escrito en una pancarta hay una vida que merece justicia. La resiliencia de las mujeres mexicanas continúa abriendo camino, recordando que el 8 de marzo no es una celebración: es una lucha que sigue viva.












