Tlaxcala vuelve al escenario del surrealismo político. El diputado Silvano Garay Ulloa, del Partido del Trabajo (PT), abrió el debate para aumentar el número de diputados en el Congreso local. Sí, así como lo sospecha el lector: más curules, más sillas y probablemente más “representación”, según el discurso oficial.
Garay afirma que el crecimiento poblacional justificaría regresar a los 32 escaños que existían antes de que la legislatura se redujera a 25 en 2015. Curiosamente, también cita ejemplos de estados como Morelos o Yucatán, donde dicen que estos aumentos se aprobaron “sin impacto presupuestal”. Un concepto tan mágico que debería enseñarse en Hogwarts y no en política local.
La idea, en papel, suena “técnica”: aumentar el pluralismo, modernizar el Congreso y darle voz a más sectores. En la práctica, la ciudadanía ya sabe lo que eso significa: más comisiones, más asesores, más viáticos y más boletines anunciando que ahora sí Tlaxcala se transformará… esta vez desde una curul ampliada.
El argumento de la “representación adecuada” chocó de inmediato con la percepción pública: un estado pequeño, con problemas reales sin resolver, ahora contemplando la posibilidad de convertirse en el primer Congreso que alberga más legisladores que semáforos funcionando.
Mientras tanto, la ciudadanía observa con resignación cómo el Congreso sigue afinando la orquesta, aunque las partituras —los resultados— sigan sin escucharse.
La propuesta seguirá su proceso legislativo, pero el debate ya está en la calle:
¿Tlaxcala necesita más diputados… o los que ya están deberían empezar a trabajar mejor?











