Fabiola Márquez
El conflicto por los límites territoriales entre Yauhquemehcan y Amaxac, un problema que se arrastra desde hace años y que exige voluntad política real, volvió a quedar en segundo plano. Esta vez, no por falta de convocatoria ni por ausencia de condiciones, sino por la decisión del presidente municipal de Yauhquemehcan, David Vega Terrazas, de no acudir personalmente a una reunión clave, optando por permanecer en un evento relacionado con el carnaval.
La escena fue clara y políticamente contundente en la mesa de trabajo se encontraban el presidente municipal de Amaxac Mauricio Pozos Catañon y la diputada local Sandra Aguilar, mientras que la silla destinada al alcalde de Yauhquemehcan quedó vacía. El mensaje fue inevitable y la diputada no lo suavizó señaló públicamente que fue dejada plantada, al igual que su homólogo municipal, en un tema que no admite medias tintas ni excusas de agenda.
Y es que el problema de los límites territoriales no es menor. Implica certeza jurídica, servicios públicos, recaudación, seguridad y gobernabilidad. Afecta directamente a comunidades que viven en la indefinición administrativa desde hace años. En ese contexto, la ausencia del alcalde no es un detalle logístico: es una señal política.
Ante la crítica, David Vega Terrazas intentó contener el golpe con un discurso defensivo. Aseguró que no hubo desinterés, desprecio ni irresponsabilidad; que se envió a un representante “de avanzada”; que existía comunicación que incluso estaba a “minutos” de incorporarse tras concluir su compromiso previo. Sin embargo, los hechos no cambiaron , no estuvo.
La explicación, lejos de apagar el fuego, lo avivó. Para muchos actores políticos y sociales, delegar la representación en un conflicto de esta magnitud no es liderazgo, es evasión. En problemas estructurales, la presencia del titular no es opcional, es indispensable. No se trata de mandar emisarios, sino de asumir la responsabilidad de frente.
El contraste resultó aún más incómodo cuando se supo que la prioridad del alcalde fue un evento festivo. Nadie discute la importancia cultural del carnaval, pero compararlo con un conflicto territorial de años expone una escala de prioridades profundamente cuestionable. Gobernar implica decidir qué es urgente y qué puede esperar en este caso, el mensaje fue que el conflicto puede seguir esperando.
Vega Terrazas intentó justificarse señalando que en ocasiones anteriores Yauhquemehcan sí ha acudido a reuniones cuando otras partes no lo han hecho. Pero el argumento se diluye ante una realidad simple: esta vez, cuando se le necesitaba, no acudió. Y en política, las ausencias pesan tanto como las decisiones.
Más allá de los discursos conciliadores posteriores, el episodio deja una lectura clara , no hay avances reales porque no hay compromiso al más alto nivel. El conflicto territorial sigue estancado, las reuniones se empantanan y la ciudadanía observa cómo los responsables se escudan en agendas y formalidades mientras el problema persiste.
La diputada local fue clara al evidenciar el desaire, y la molestia no es menor. En un estado donde los conflictos limítrofes han generado tensiones sociales y políticas, la falta de seriedad institucional solo agrava el escenario. Minimizar el problema con explicaciones tardías no sustituye la falta de presencia.
Al final, la pregunta es inevitable y brutalmente sencilla: ¿Qué es más importante para el alcalde de Yauhquemehcan resolver un conflicto territorial histórico o cumplir con la agenda de imagen?
Mientras no haya respuestas claras, acciones firmes y presencia directa, el conflicto seguirá igual. Y cada ausencia, como esta, no solo retrasa soluciones: erosiona la credibilidad de quien gobierna.













