En Tlaxcala se discute hoy más que un periodo electoral: se debate la relegitimación del poder convertido en coreografía política. En el epicentro de esa danza giratoria están varios actores cuyas huellas ya se sienten, aunque a veces sólo como sombras:
1. El Congreso estatal
Es el espacio institucional donde se cocinan las reglas del poder. El proyecto de reelección que pretende aprobarse en ese recinto no sólo modifica fechas: busca perpetuar la lógica del círculo político, donde los dirigentes cambian de nombre pero el fondo permanece.
La caricatura del Periódico de Tlaxcala lo señala con crudeza: la silla gira sin avanzar realmente; los papeles del cambio y el nepotismo yacen arrugados en el piso, víctimas de promesas recicladas.
2. Los aspirantes políticos genéricos
Sin rostros ni nombres en la ilustración, representan a quienes hoy se quieren asegurar continuidad. No importa quién ocupó la silla antes; lo que importa es no dejarla. Se turnan, coquetean con la reforma, se exhiben como renovación, pero muchas veces replican viejos estilos de hacer política.
3. La presión ciudadana
Es la voz que no puede ser borrada —aunque algunos quieran. En cada esquina de Tlaxcala hay quienes esperan ver un cambio verdadero y no más rostros giratorios. El “campo”, los jóvenes, la ciudadanía crítica: esos actores reclaman que la política no sea sólo un carrusel de fórmulas, sino una entrega real de responsabilidad.
4. El fantasma del nepotismo
Ese actor siempre presente, pero oculto. Que se desliza en los pasillos, aparece en las redes, se respira en los nombres designados, en los puestos regalados. Al añadir la palabra “Nepotismo” junto al “Cambio”, la ilustración denuncia que muchas veces la reelección fortalece las redes familiares o de influencia, más que la representación democrática.
5. El discurso del “cambio”
Ese argumento que acompaña cada elección, cada toma de protesta, cada promesa de “nuevo rumbo”. En el cartón, el papel que dice “Cambio” yace arrugado, como si la política ya no creyera en el cambio. El reclamo visual es claro: si no cambia, ¿por qué hablar de cambio?
En conjunto, la escena editorial construye una narrativa: el poder local en Tlaxcala se reproduce a sí mismo bajo capas distintas de discurso, mientras la gente espera que la política deje de dar vueltas y empiece a caminar.
Y si quienes hacen las leyes terminan legislando su propia permanencia, el riesgo no es sólo perder la oportunidad de cambio. Es asumir que el cambio ya no se negocia en urnas: se manipula en sillas giratorias.











