La celebración de los 500 años de Tlaxcala debió ser un homenaje solemne a la historia de un pueblo que forjó su identidad entre la resistencia, el mestizaje y la memoria. Pero las calles hoy lucen más como un mercado festivo que como un espacio de reflexión. Donde debería escucharse el eco de la historia, resuenan bocinas, fritangas y payasos que, entre risas huecas, cubren con confeti una conmemoración sin alma.
El cartón editorial publicado por El Periódico de Tlaxcala lo resume con la fuerza de una lágrima: un anciano tlaxcalteca, sentado frente al bullicio, sostiene un cartel que clama “Respeto a nuestras tradiciones”.
Es el símbolo de una herida silenciosa: la de un pueblo que ve cómo su pasado se convierte en espectáculo, cómo el respeto se diluye entre los puestos de feria y la indiferencia oficial.
Los 500 años no deberían medirse en conciertos ni en ferias improvisadas. Deberían ser una oportunidad para reconciliarnos con nuestra historia, para reconocer el valor de la identidad tlaxcalteca que fue piedra angular de la nación mexicana. Pero cuando el recuerdo se transforma en vendimia, la memoria se desvanece.
Porque no se trata solo de celebrar. Se trata de entender lo que significa Tlaxcala, de mirar atrás sin vergüenza ni oportunismo.
Y si hoy hay una imagen que nos obliga a hacerlo, es la de ese anciano que, en medio del ruido, nos recuerda que la historia no se festeja: se honra.
#ElPeriódicoDeTlaxcala #EPT #500AñosDeTlaxcala #IdentidadTlaxcalteca #CaricaturaEditorial #MonerosEPT #HistoriaViva #CulturaTlaxcala











